El Taller

En el taller de mi abuelito hay muchas máquinas, mucho aserrín regado por el piso, muchos moldes de rompecabezas colgados en la pared, una mesa de madera vieja muy gruesa y resistente con varios cajones para guardar las herramientas; y los días de vacaciones o en reuniones familiares hay, siempre, muchos niños.

Cuando yo era chiquito, y hasta aproximadamente los 11 o 12 años, pasé mucho tiempo ahí junto con Eber y Perla, a veces Candi estaba con nosotros pero era muy raro. Ahí nunca nos aburrimos, siempre había algo con lo que pudieramos jugar, incluso tomamos cosas que eran bastante peligrosas, como la caladora y la cortadora, que para suerte nuestra, NUNCA se dieron cuenta los grandes… o eso creemos nosotros.

Siempre había montañas de aserrín para aplastar, para hacer y deshacer, para mezclar con agua, pedazos de madera para romper, mojar, utilizar como rampas y también para quemar. Mi abuelito nunca se molestó porque estuvieramos ahí, por el contrario, siempre le gustó nuestra compañía, así que nos divertimos muchos años ahí.

Eventualmente, uno por uno dejó de jugar ahí, primero Perla, después Eber y Yo, pero el taller nunca se quedó sin niños, para cuando nosotros dejamos de entrar, Karen y Betzy ya estaban ahí con Ulises y Lhya, y así pasaron otros 5 o 6 años.

Ayer encontré a Hugo con Quetzal jugando ahí, jugando lo mismo que nosotros jugabamos, tradición familiar.

Hoy hay nuevos chiquitos y no tan chiquitos jugando ahi, Huguito y Camila, Quetzal y Lucero…y parece que serán los últimos. Mi abuelito ya no pasa tanto tiempo ahí como antes, y tampoco tiene tanta paciencia como con nosotros. Huguito y Camila todavía jugarán ahí un tiempo, que aunque pase relativamente pronto no es tan poco, pero Quetzal y Lucero pronto dejarán de jugar ahí.

niños

El tiempo pasa y todos esos lugares comienzan a tener un papel trascendental en nuestras vidas, forman una conexión entre todos nosotros, que aunque no se note por ahora, seguramente se convertiran en los espacios que nos mantendrán unidos pase lo que pase, y sea lo que sea… se necesiten o no ese tipo de espacios, ahí van a estar y aún cuando el taller se cierre y mi abuelito no esté, seguramente sera un lugar donde todos nosotros tendremos recuerdos gratos, pues nada como un montón de aserrín, agua y mucha ropa para ensuciar…y una mamá gritando que dejemos de jugar con el aserrín…

 

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